La palabra nos dice que la fe viene por el oir y el oir por la palabra de Dios. Sin embargo muy pocos de nosotros atentamos la fe... Si la fe comienza con Dios hablando y con nosotros escuchando, ¿porqué entonces no paramos de hablar cuando oramos?
¿Será quizás porque allá en lo profundo de nuestro ser tememos que si callamos el silencio será demasiado doloroso? ¿Será porque seguimos creyendo que Dios habla pero no con nosotros?
Por desmentir ese mito Martín Lutero arriesgó su vida al clavar las 95 tesis en la puerta de esa iglesia. Para hacerle creer al campesino que Dios le habla tanto a los ricos como a los pobres, William Tyndale, Casiodoro de Reina, y el Portugués João Ferreira de Almeida tradujeron la Biblia al Inglés, al Español, y al Portugués sin importarles las consecuencias. Por eso vino Cristo al mundo como Emanuel (Dios con nosotros) y colgó en la Cruz para que pudiésemos escuchar la voz de Dios.
Tanto tiempo, tanto sacrificios, y nosotros seguimos creyendo la gran mentira de los siglos--¡que Dios no habla! Y al creerla le damos una bofetada de incredulidad a la fe, dejándola atónita y muda.
La verdad es que le tememos al silencio y preferimos hablar hasta cansarnos en vez de cansarnos de no escucharle. Dios habla hoy. Calla y escucha.
Thursday, April 25, 2013
No gracias. No tengo hambre.
¡Qué interesante es la Palabra de Dios! La he leído muchísimas veces, pero cada vez que la leo veo un ángulo diferente que me cambia y me reta a conocer más de Dios. Esta mañana leí Gálatas 5:19-26 y me percaté de algo que nunca había visto en el texto. ¿Lo ves?
"Las OBRAS de la naturaleza pecaminosa se conocen bien: inmoralidad sexual, impureza y libertinaje; idolatría y brujería; odio, discordia, celos, arrebatos de ira, rivalidades, disensiones, sectarismos y envidia; borracheras, orgías, y otras cosas parecidas. Les advierto ahora como antes lo hice, que los que practican estas cosas no heredarán el reino de los cielos.
En cambio, el FRUTO del espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas."
Comparar la naturaleza pecaminosa con la naturaleza del Espíritu es como comparar el el hambre con la comida. No hay comparación porque son diametralmente diferentes. El hambre devora la comida, y la comida satisface el hambre. Así mismo sucede con las dos naturalezas que llevamos por dentro. La naturaleza pecaminosa nos devora a diario. En cambio, la naturaleza del espíritu nos alimenta. Obras y fruto. Hambre y comida.
Piénsalo bien. A la primera le interesa el presente, el momento. "Quiero sexo, quiero mi libertad, quiero saber el futuro ya, quiero vengarme, quiero destruir." Y aún después de devorar, nunca encuentra satisfacción. La segunda no sufre hambre porque es alimento. La naturaleza divina dice, "Es tentador lo inmediato, pero tengo algo que es mucho mejor." La primera satisface sus instintos y gasta nuestras fuerzas sin importarle nuestros sueños. La segunda no se inmuta al ver las delicias de este mundo. Más bien reserva sus energías para darnos lo que en lo profundo anhela todo ser humano... el fruto de ser feliz.
Lo que veo entonces es que tenemos dos opciones a diario: Vivir con hambre que a su vez nos devora o alimentarnos con la comida que acaba con el hambre de una vez por todas. Espero que cuando pase el azafate lleno de placeres que devoran podamos decir hoy, "No gracias. No tengo hambre."
"Las OBRAS de la naturaleza pecaminosa se conocen bien: inmoralidad sexual, impureza y libertinaje; idolatría y brujería; odio, discordia, celos, arrebatos de ira, rivalidades, disensiones, sectarismos y envidia; borracheras, orgías, y otras cosas parecidas. Les advierto ahora como antes lo hice, que los que practican estas cosas no heredarán el reino de los cielos.
En cambio, el FRUTO del espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas."
Comparar la naturaleza pecaminosa con la naturaleza del Espíritu es como comparar el el hambre con la comida. No hay comparación porque son diametralmente diferentes. El hambre devora la comida, y la comida satisface el hambre. Así mismo sucede con las dos naturalezas que llevamos por dentro. La naturaleza pecaminosa nos devora a diario. En cambio, la naturaleza del espíritu nos alimenta. Obras y fruto. Hambre y comida.
Piénsalo bien. A la primera le interesa el presente, el momento. "Quiero sexo, quiero mi libertad, quiero saber el futuro ya, quiero vengarme, quiero destruir." Y aún después de devorar, nunca encuentra satisfacción. La segunda no sufre hambre porque es alimento. La naturaleza divina dice, "Es tentador lo inmediato, pero tengo algo que es mucho mejor." La primera satisface sus instintos y gasta nuestras fuerzas sin importarle nuestros sueños. La segunda no se inmuta al ver las delicias de este mundo. Más bien reserva sus energías para darnos lo que en lo profundo anhela todo ser humano... el fruto de ser feliz.
Lo que veo entonces es que tenemos dos opciones a diario: Vivir con hambre que a su vez nos devora o alimentarnos con la comida que acaba con el hambre de una vez por todas. Espero que cuando pase el azafate lleno de placeres que devoran podamos decir hoy, "No gracias. No tengo hambre."
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